Elecciones en Jalisco: perdedores que ganaron y ganadores que perdieron | PARTE II

Autor de la nota: Jorge Gómez Naredo

En 2000, el Partido Convergencia (hoy Movimiento Ciudadano), postuló a Juan Hernández Rivas, quien obtuvo 6,920 votos (0.3%). Seis años después, Antonio Jaime Reynoso logró subir a 17,829 votos, es decir, el 0.62%. En 2012, ya con el nombre de Movimiento Ciudadano, Enrique Alfaro, según el Programa de Resultados Preliminares (PREP), obtuvo una votación de 1 millón 161 mil 622 votos, es decir, el 34.2%. El ganador, según el PREP, fue Jorge Aristóteles Sandoval, del PRI, con 1 millones 309,466 sufragios a su favor, el 38.63%. Esto sin las sumas y restas que se dieron en los conteos distritales.

¿Cómo le hizo Enrique Alfaro para llevar a un partido, digamos, de “papel”, sin estructura, sin dinero, sin perspectivas de triunfo, a ser la segunda fuerza política de Jalisco? ¿Cómo le hizo para obtener un diputado local por la vía uninominal y cuatro (hasta ahora) por la plurinominal? ¿Cómo le hizo para “jalar” a los candidatos a presidencias municipales de Movimiento Ciudadano a que obtuvieran votaciones que rondaron el 20%? ¿Qué fue lo que pasó? ¿Es acaso que se desmoronó el PAN y los votos de este partido fueron a dar a Movimiento Ciudadano? ¿O fue algo más complejo?

Todavía no hay respuestas claras a estas preguntas complejas. Éstas se irán descubriendo con los días, las semanas, los meses y quizá los años. Sin embargo, algo hay evidente e incuestionable: Enrique Alfaro dejó a la izquierda en la mejor posición en toda la historia electoral de Jalisco: con un segundo lugar, con varios municipios ganados y cinco diputados locales. Algo que jamás se había dado. Algo que jamás el PRD había obtenido. Bien lo escribió Pedro Mellado, el pasado 10 de julio, en su columna del periódico Mural: “En toda su historia electoral en Jalisco, desde 1979 hasta la fecha, la izquierda nunca había llegado tan lejos, como el pasado domingo 1 de julio. Algo cambió profundamente en la conciencia de un amplio segmento de la sociedad jalisciense, que impulsó a Enrique Alfaro Ramírez […] Enrique contendió por la Gubernatura sobre la plataforma de Movimiento Ciudadano, un partido sin presencia en Jalisco, [y] en condiciones inequitativas frente a PRI y PAN”.


No todo es gobierno: también hay que hacer campaña

Rafael Valenzuela, responsable de comunicación de Alfaro, lo dice claro: “la misión de Aristóteles en la campaña por la gubernatura era caer lo más lento posible, y la de nosotros y la de Alfaro, crecer lo más rápidamente”. Y era complicado. Al iniciar la contienda, el abanderado del PRI llevaba muchos puntos de ventaja: arrancaba en primer lugar, con abultada diferencia del segundo, el panista Fernando Guzmán Pérez Peláez, y del tercero, Enrique Alfaro. La ventaja rondaba los 20 puntos. La tarea, pues, era “titánica”.

Fue ahí que se construyó el “efecto Enrique Alfaro”. Surgió del antecedente de gobierno en Tlajomulco, y fue apuntalado por una campaña distinta a la de los demás partidos políticos. En los estratos humildes, dice Valenzuela, Alfaro era un “rumor”, es decir, se pensaba de él que sí cumplía, que tenía proyectos sociales eficientes, que construía lo que decía iba a construir, etcétera. Este rumor, que provenía de los habitantes de Tlajomulco, se fue extendiendo a la ZMG. Por otro lado, en los estratos medios y altos, Alfaro fue considerado como una “certeza”, pues su historia personal le dio el contacto con estos sectores.

Así pues, Alfaro comenzó a concitar la simpatía de pobres, de estudiantes de universidades públicas y privadas, de empresarios, de reporteros, de amas de casa, de taxistas, de mucha, muchísima gente. Esto fue evidente en la “batalla de las calcomanías”. Al iniciar la campaña, abundaron las que, pegadas en los automóviles, promocionaban a Jorge Aristóteles Sandoval. Pero, conforme fue avanzando la disputa electoral, hubo un cambio radical: la gente buscaba calcomanías del águila juarista naranja y el nombre de “Alfaro”.

Todavía recuerdo bien cuando, después de ser derrotado en un partido de fútbol (en la temporada mi equipo había perdido cinco partidos y ganado la increíble cantidad de cero), uno de mis compañeros me dijo: “Va a ganar Alfaro, ¿verdad?, pues yo cuento los autos con calcomanías de él y va dos a uno con los de Aristóteles”. En la ciudad de Guadalajara y en los municipios que la circundan, Alfaro comenzaba a posicionarse. Y lo hacía de una manera contundente, veloz…, increíble.

Rafael Valenzuela me indica que Alfaro decidió apostarle a una estrategia de redes sociales muy profesional, y es que sabían que dijeran lo que dijeran y propusieran lo que propusieran, muchos medios de comunicación no los iban a tomar en cuenta y no habría distinción entre de una propuesta seria y bien expuesta con, por ejemplo, una visita a un mercado donde se mencionar que se iban a “limpiar las calles”. Así pues, trataron de llegar a la gente vía las redes sociales. Y les funcionó. Tan fue así que Enrique Alfaro logró empatar e incluso aventajar, en varios momentos de la campaña, a Aristóteles Sandoval.

El equipo de Enrique Alfaro reflexionó mucho acerca de cómo hacer una campaña efectiva y diferente, siempre con pocos recursos. Después de mucho trabajo, decidieron comenzar con un mensaje: “ayúdanos”. Y tuvieron éxito, pues esa simple palabra logró incluir a los ciudadanos. Después idearon al “cueste lo que cueste”, una frase arriesgada, sin duda. Pero, según Valenzuela, el “cueste lo que cueste” significó “retomar la obligación del Estado, pues hace mucho que los gobiernos decidieron que el Estado se puede hacer tonto y no cumplir con sus obligaciones básicas”.

Hubo también ideas como “las ventajas del pelón”. La explica así Valenzuela: “nosotros como no teníamos televisión, y no teníamos candidato guapo, necesitábamos trabajar las fortalezas de Alfaro, y éstas eran su inteligencia y su cercanía con la gente. A partir de convertirlo en ‘el pelón’, primero, te burlabas de ti mismo y hacías que toda la gente se riera, es decir, le robabas una sonrisa en medio de las campañas aburridas. Y así, después, lograbas un efecto de cercanía del candidato con la ciudadanía”.

Junto con estas acciones, el equipo de campaña pensó dos acciones distintas a las de los demás partidos políticos: el “huele bien”, que era para diferenciarse de los demás candidatos. Y al final, entre tanta guerra sucia, el “vota feliz”. Una respuesta a la podredumbre. Les funcionó la estrategia.


La guerra sucia

Un día, a mi casa, llegó un volante que me indicaba que Enrique Alfaro era como Adolfo Hitler, que estaba rodeado de puro delincuente, que el avión privado en que se trasladó alguna vez a Cuba fue piloteado por un narcotraficante y algunas informaciones más. Yo no creí la propaganda. Sabía que esa estrategia era porque los del PRI comenzaban a tenerle miedo al candidato de Movimiento Ciudadano. Pero, ¿a cuántas personas sí logró influenciar?

Sin duda, la guerra sucia, que fue evidente y de la cual hay documentación abundante, pegó. Dice Rafael Valenzuela: “llegó un momento, faltando un mes, que Alfaro alcanzó a Aristóteles, por eso comenzó la guerra sucia tan fuerte”. Al iniciar la campaña de desprestigio hacia Alfaro, argumenta su colaborador, ya no crecieron como lo estaban haciendo. Es decir, sí tuvo repercusiones, sí afectó, sí fue efectiva. Esta guerra sucia culminó, horas antes de las elecciones, con medio millón de llamadas (según cuentas de Valenzuela) que se hicieron la madrugada del 1 de julio de 2012, en que despertaban a las personas para pedirles el voto por Alfaro. Y claro, las personas que la recibían, indignadas, colgaban o gritaban improperios a quien los despertaban: a muchos les quitaron las ganas de votar por el abanderado de Movimiento Ciudadano.


Ante la contienda cerrada, la victoria anticipada

Por más encuestas que se haga, por más gente que ande trabajando afuera de las casillas para “valorar” la situación y hacer un análisis de la intención del voto, cuando la diferencia es menor a cinco puntos, se complica tener certezas. Y así, en la elección para elegir al gobernador de Jalisco, la única verdad al cierre de las casillas (es decir, a las 6 de la tarde), era que Fernando Guzmán, el abanderado del PAN, no iba a ganar. Pero, ¿se podía con encuestas de salida tener seguridad de la victoria de Jorge Aristóteles Sandoval o de Enrique Alfaro? Por supuesto que no.

Ante la falta de certezas, que incluso fue reconocida por Ricardo Villanueva, coordinador de la campaña de Aristóteles, en entrevista con el diario El Universal, lo que hicieron los del PRI fue declararse triunfadores. Es una práctica controvertida, incluso algunos la consideran carente de toda ética, pero es desgraciadamente común.

Dijo ese 1 de julio Aristóteles en la Minerva: “Quiero felicitar a todos los ciudadanos, a todos los jaliscienses que nos dieron una gran muestra de civilidad, de civismos, de valores democráticos donde su participación, su confianza, nos generan un gran compromiso, una gran responsabilidad. Quiero agradecer a todos por su confianza, por su apoyo, a quienes creyeron en mí, muchas gracias. Se hizo posible el día de hoy. A quienes no, decirles que estén seguros que con hechos, con trabajo, con resultados nos estaremos ganando su confianza en los próximos seis años”. Era la victoria anticipada. La victoria que todavía no se sabía realmente que fuera victoria. ¿Fue un engaño del candidato del PRI a la sociedad jalisciense? Para muchos sí.

Ganador entrecomillado

Jorge Aristóteles Sandoval, al iniciar la campaña electoral, pensaba que se iba a llevar de calle la elección, que iba a “arrasar”, que incluso el carro completo (tan anhelado por los del PRI) era cosa de tiempo, de espera, de paciencia. Pero no. No fue así. Enrique Alfaro le dio batalla, y si hacemos caso a las palabras de Rafael Valenzuela, hubo incluso un momento, un mes antes de las votaciones, en que Alfaro logró rebasarlo.

La cuestión ahora es ¿cómo gobernará Aristóteles Sandoval con tanta oposición? ¿Cuál será la labor de Enrique Alfaro como líder de la izquierda jalisciense? ¿Cómo actuarán los candidatos ganadores de Movimiento Ciudadanos en varios municipios del estado? ¿Qué papel jugarán los diputados de la oposición de izquierda? ¿Habrá distinción en las formas de hacer política de éstos con los demás? ¿Se granjearán en estos tres años el “voto útil” de los panistas?

Son preguntas a futuro. Nada está dicho. Lo que sí es un hecho es que Jorge Aristóteles Sandoval perdió la Zona Metropolitana de Guadalajara. Si observamos los datos del PREP, encontramos lo siguiente en los distritos de la capital jaliscienses y sus alrededores:

Solamente, en Guadalajara, Enrique Alfaro perdió el distrito 9, con poco más de 2,000 votos. Cayó también en Tonalá, en el distrito 20, con una diferencia de alrededor de 4000 votos. En el distrito 16, de Tlaquepaque, se quedó a menos de 3,000 votos de Aristóteles. Y en Zapopan, en el distrito 4, le ganaron con poco menos de 7,000 votos. Pero, si hacemos las cuentas totales, Alfaro obtuvo el mayor número de sufragios en la ZMG.

Esta, digamos, “geografía política”, coloca en un inmejorable lugar al ex abanderado de Movimiento Ciudadano y en una situación delicada al del PRI, pues, ¿cómo dirigirá Aristóteles el gobierno del estado si, en la capital de éste (la zona más poblada, más politizada y con mayor cobertura mediática), existe un rechazo evidente hacia él? ¿Cómo hacerlo cuando, en ciertos sectores sociales, aún queda una herida que no mata pero sí duele, y que se resume en sospecha de fraude, certeza de guerra sucia y evidencias de compra de votos? ¿Cómo le hará Aristóteles? Habrá que ver…

Lo cierto es que el PRI, que quería regresar como en los viejos tiempos, triunfal, vanagloriándose, lleno de petulancia y con el carro completo, arribó apenas con lo mínimo, casi perdiendo. Y claro: en la gestión que comenzará el año próximo, en muchos aspectos estará maniatado. ¿Se adaptará “el nuevo PRI” en Jalisco a las actuales circunstancias? Las respuestas no tardarán en llegar.

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